NUESTRO DIVINO PATRÓN                                    
En Calzadilla tenemos
lo que no hay en ningún sitio
es el Cristo de la Agonía,
en quien tanta fe tenemos.
Hombre, mujeres y niños
es la imagen más preciosa
que en el mundo puede haber;
aunque un poquito moreno
porque después de azotarlo
lo tiraron para el fuego,
pero hizo un gran milagro.
De nosotros no quiso moverse
y el Duque de Alba dispuso
que aquí un templo se le hiciese.
La ermita ha quedado hecha
como el duque lo mandó 
y en ella se encuentra en la Cruz
Nuestro Divino Patrón.

Con mucho cariño y amor para
todos los Calzadillanos  ausentes                                  
y presentes.

Mina García Madejón.

 

                  

                      LEYENDA DEL PASTOR Y EL LAGARTO

La memoria de este pueblo,
desde siempre Calzadilla,
refiere con maravilla
un prodigioso suceso.
Escuche la tradición,
no existe otro documento,
juzgue luego del portento,
y aprenda su gran lección.

Un pastor calzadillano,
¿cuál era su nombre, hermano?
¿en qué sitio pasó esto?,
¿en qué fecha, en qué año?.
Un pastor calzadillano,
cumplía su trabajo honrado,
cuidando de sus ovejas
en las colinas del campo.
El pastor sintió que un día
se espantaba su rebaño
y corrían sus corderos
dispersos por todos lados.

¿Qué sucedía, Señor?
se preguntaba el pastor
que era un hombre buen cristiano,
¿algún lobo, alguna zorra?,
algo espantoso, muy raro,
algo que hizo temblar
al pastor con sobresalto.
De entre zarza y matorrales,
de humedales y peñascos,
surgía una figura horrible,
la de un inmenso lagarto
que con las fauces abiertas
atacaba a su ganado.

¿Qué era aquello, aquel diablo?
¿un cocodrilo, un caimán?
¿una fiera de otros lados?
¿qué hacía el dragón rabioso
devorando a su rebaño?.
El pastor calzadillano
también comprendió enseguida
el peligro de su vida,
aunque usara su cayado
que como una inútil arma
removía desesperado.

Pero el pastor, buen cristiano
recibió una inspiración:
la de suplicar al Cristo
la de llamar al Señor,
la de pedir un auxilio
en aquélla turbación.
Al Cristo de la Agonía
al de su ermita querida
gritó el hombre con valor
en plegaria y en promesas
de arraigada devoción:

"Que si el cristo me ayudara
y mi cayado arma fuera
a mi rebaño salvara,
a este lagarto venciera,
y sus restos ofrendara
cuando a la ermita volviera".

Pues los hechos así fueron.
El pastor calzadillano
sintió la ayuda divina,
venció con su pobres manos
aquélla bestia tan fiera
que destrozaba al rebaño.
Y desde entonces el pueblo
a aquel prodigio tan raro
lo consideró un milagro;
desde entonces el suceso
con respeto meditamos.

Aprendemos la lección:
Todo cristiano es pastor
de su vida y su familia,
de una misión, de un trabajo,
que se realiza en el mundo
entre gozos y quebrantos.
¡ Qué lucha le toca al hombre
desde la cuna al sepulcro
con ese astuto lagarto
que es Satanás, el demonio
que es el mundo tan malsano,
que son las propias pasiones,
que son los propios pecados,
que cambian el corazón
en un espíritu malo!

Hombre cristiano, pastor,
vuélvete a dios en la lucha,
pide el auxilio divino
de Cristo crucificado.
sigue con fe el Evangelio,
enfrenta al mal, al diablo;
tendrás victoria segura,
no caerás desesperado.

Que tu devoción al Cristo
puesto en cruz, en Agonía,
se convierta en paz y amor,
en fe, en Eucaristía,
en vivir los sacramentos,
en justa fraternidad,
en ayuda y amistad,
en seguir los mandamientos.

La tradición del lagarto
no es solo un fantasía;
es un mensaje muy claro
que hay que meditar, hermanos.



 

Santísimo Cristo de la Agonía
Del pueblo de calzadilla.                   

Una imagen como esta
no la tienen todos los pueblos,
cuando la gente lo mira
y alzan sus ojos al cielo
todo el mundo se pregunta,
donde están los escultores
que esa imagen construyeron
con esas manos divinas
y tanto interés pusieron.                                    

Cuando se acerca la fiesta
cantan los mozos del pueblo,
las mozas visten de gala
se ponen bonito velo.
Las madres con medio manto,
las abuelas con cobija
a la ermita fueron.

Llega la hora del tálamo
y todos a bailar se fueron
allí bailaban los padres,
los hijos y los abuelos,
el cura está en su sillón
viendo todo aquel anhelo,
como tocaba la gaita
Clemente el tamborilero.

Para Todos se abren las puertas
también para los forasteros,
aunque muy lejos me encuentre
nunca me olvido de ti,
del Cristo de la Agonía
y el pueblo donde nací.

Germán Cristo González.